Las Musas no avisan

Texto de Pepa Llausás, Analista de guión y crítica de cine.
Las musas no avisan

 

EL ARCHIVO CINE DE LLUIS BENEJAM BUHIGAS

Entre el 28 de mayo y el 2 de junio de 1978 tuvo lugar en Brighton el 34º Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF) titulado “Cinema 1900-1906”. El evento cambiaría para siempre la forma de entender los inicios del cine y con ello se transformaría también la forma de enfrentarse al estudio del medio. Dejando atrás todos los planteamientos de los historiadores clásicos, surgió una nueva historiografía del cine apoyada en la investigación empírica y en el análisis intrínseco de las películas originales y las fuentes escritas de la época. 

El cine cambió la historia del mundo, con el, la construcción de los antiguos mitos se volvió materia de mercadotecnia y apareció un nuevo código de comunicación que utiliza las imágenes como materia prima y sustrato para capaz de alterar el comportamiento de millones. Su importancia esta siempre subestimada de ahí que los estudios de la historia del cine queden relegados a intelectuales y apasionados en la materia. Pero la conocer la historia es un requisito imprescindible e insalvable para saber quiénes somos. 

El pasado no habita en la evanescente memoria, hija predilecta de la imaginación, cuyas pautas de comportamiento están determinadas por nuestros sentimientos presentes más que por los hechos acaecidos. Por eso, cuando en 1978, por fin, un grupo de expertos internacionales se sentaron a poner en común los materiales originales se dieron cuenta de cuantas falacias se habían ido construyendo alrededor de la existencia del medio. Los archivos y los museos no son una atracción para turistas curiosos, son de una importancia fundamental como ventanas que nos permiten asomarnos a los retazos de un tiempo pasado de cuyo olvido emergen nuestros errores.

La interpretación es, no sólo inevitable sino incluso necesaria, pero, sobre todo es y seguirá siendo variable. El documento es fijo e inalterable, es el testimonio de un tiempo que no volverá y al que no tenemos forma de acceder, apenas podemos permitirnos el lujo de contemplarlo desde las gafas rotas del presente con las que lo reinterpretamos una y otra vez. Sin el testimonio histórico, sin el cuadro, la fotografía, la película o el documento lo único que podemos hacer es inventar. Por eso, todo acto de manipulación conlleva un ejercicio de borrado histórico. El borrado lo practicaban los faraones y los seguimos practicando en la actualidad porque, más allá de la propia razón, sabemos que la historia y el legado de esta es de una importancia capital para el desarrollo de las sociedades tanto como para los individuos.

Es, sin embargo, imposible que conservemos de forma completa e intacta todo cuanto nuestros antecesores nos legaron puesto que de ser así anularíamos la propia evolución. Por eso las instituciones deben asumir la responsabilidad de preservar legajos y todo tipo de rastros que nos permitan no perder un pasado que nos pertenece tanto como nos constituye.

Afortunadamente también existen particulares que, por diversas razones, asumen la encomiable tarea de preservar parte de ese legado para que futuras generaciones puedan seguir disfrutando de esas ventanas al pasado a través de las que los estudiosos podemos continuar investigando y la sociedad entera puede beneficiarse de los resultados porque la tarea es demasiado superlativa como para pretender que las instituciones puedan asumirla de manera absoluta.

En la antigua Babilonia, por ejemplo, Ennigaldi, una princesa hija del rey Nabonido que gobernó el Imperio neobabilónico en el siglo VI a. C., se dedicó a recopilar artefactos mesopotámicos que distaban de su época en más de 1,500 años. Con amoroso cuidado conservó esta colección en su palacio de Nabonido donde los artefactos, que iban desde tabletas de arcilla con inscripciones hasta fragmentos de esculturas figurativas, reposaron debidamente organizados e incluso etiquetados con notas sobre su procedencia, hasta que en 1925 el arqueólogo Leonard Woolley los devolvió a la luz atónito de haber descubierto el, probablemente, museo más antiguo del mundo.

En España, son famosas las grandes colecciones privadas como la Thyssen-Bornemisza o la de la familia Masaveu destacada familia de empresarios y coleccionistas de arte que ha donado varias colecciones importantes a instituciones que incluyen obras de artistas como El Greco, Goya, Sorolla y Picasso. O la de José Lázaro Galdiano, un empresario y coleccionista de arte que donó su extensa colección de arte al Estado español en 1948. Afortunadamente, España es un país que se distingue por su compromiso con las artes y la historia y su generosidad lo demuestra.

Nuestro muy amado Museo del Prado incrementa sus colecciones gracias a las generosas donaciones de particulares cuyos nombres, en la mayoría de los casos, pasan completamente desapercibidos para una sociedad que escasamente se hace eco de la importancia del trasplante de órganos culturales que estas donaciones representan. Estos “órganos” metafóricos, sin embargo, son de un valor incalculable y aunque, como los órganos internos de nuestro cuerpo no alcancemos nunca a verlos directamente, son imprescindible para nuestra vida como sociedad y como pueblo.

El propio Museo del Prado ha recalcado que incluso las obras de menor calidad artística poseen un valor documental de interés para los fondos históricos del Museo, por los datos que pueden aportar al estudio de autores, técnicas y estilos. Los estudiosos, de cualquier materia, nunca estaremos lo bastante agradecidos a los coleccionistas privados que con la paciencia de una araña y con el amor de una madre amamantan durante años sus colecciones hasta dar a luz verdaderos tesoros cuyo valor no es posible correlacionar con un montante económico.

En España existen varios interesantísimos museos del cine que se han originado a partir de la pasión de particulares y que hoy en día son ya instituciones referenciales en el entorno internacional y que yo espero que reciban con los brazos abiertos la encomiable labor que durante años Lluis Benejam Buhigas ha estado amasando delicadamente en su fabuloso Archivo de Cine.

Yo, como a tantos otros coleccionistas, no puedo más que entonar mis más sinceras gracias a Lluis, que siempre se ha mostrado abiertamente generoso a colaborar con mis investigaciones y sin cuya labor y colaboración yo no hubiera podido completar agujeros de documentación que han resultado vitales para mi trabajo.

A ti, Lluis, y a todos los coleccionistas que haceis posible el mantenimiento de la historia viva, mis más sinceras gracias. Espero que el Archivo de Cine encuentre un lugar digno donde reposar y seguir brindando a los investigadores las ventanas al pasado sin cuyo conocimiento no es posible avanzar.

Pepa Llausás

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