Revista de Girona. Julio-Agosto 2018

Reportaje
Lluís Benejam i la memoria

Texto: Jordi Arbonés  /  Fotos: Claudi Valentí

En una antigua casa situada en Capmany, el impresor Lluís Benejam (Figueres, 1954) guarda una excelente colección de carteles de cine. También conserva utensilios y un conjunto de figuraciones fotográficas, con las que se puede recorrer, papel a papel, la historia del cine. Es una de esas personas que vale la pena conocer, de forma que, al contemplar su fondo, reencuentras la huella de la infancia.

En una antiga casa situada a Capmany, l'impressor Lluís Benejam (Figueres, 1954) guarda una col·lecció excel·lent de cartells de cinema. També conserva utensilis i un conjunt de figuracions fotogràfiques, amb què es pot recórrer, paper a paper, la història del cinema. És una d'aquelles persones que val la pena conèixer, de manera que, en contemplar el fons, retrobes l'empremta de la infància.


El archivo del impresor figuerense permite recorrer la historia del cine a través de carteles y programas de mano.
 
     Como buen coleccionista, Benejam es un hombre ordenado. Ha creado un archivo con parámetros propios que le sirven para saber dónde guarda, en medio de un volumen ingente de información, cada ejemplar recogido. Nada se le escapa. Primero, su control te asusta, y después, te complace. Cuenta que las ganas de coleccionar fueron progresivas y que arrancaron cuando, a los catorce años, le atraparon. Entonces había dejado la escuela y empezó  a trabajar en una imprenta, en la que se reimprimen los dorsos de los programas de los cines de Figueres, sobre todo el cine Las Vegas (Figueres tuvo trece salas). Rompe algunos de los tópicos que acompañan al gremio inexistente de los coleccionistas. Y, sincero y directo, no esconde nada. No le interesa ponerse ninguna máscara que disimule ningún secreto: no lo necesita.
     Sorprende cuando explica que lo que le creó la afición no fueron sólo los dibujos y las pinturas de los minicarteles de los programas (coloreados como cromos, y que los guardaba dentro de una caja metálica, quizás de galletas), sino el papel en el cual estaban impresos. Era una época en la que los carteles de cine se diseñaban a mano. Este universo le gustaba y le atraía, pero lo que más le seducía era el arte de la impresión, el oficio que aprendía en el taller. El misterio que sostenía el papel.
     Todavía guarda libretas con los primeros apuntes realizados con bolígrafo de tinta azul. Es documentación que explica la trayectoria de una afición que le ha convertido en un referente en el mundo del cine occidental, sobre todo del español. Le llaman de todas partes, de Hungría, de México, de filmotecas alejadas y del otro lado del Atlántico, para pedirle carteles. Se ha convertido en un severo y contumaz investigador.
Metódico y esmerado, no se ve reflejado en quien acumula cosas sin mantener ningún orden estricto (los llamados Diógenes), sino que se identifica más con su amigo Martí Amiel, ya fallecido, que coleccionó con gusto exquisito una cantidad importante de relojes. También coincidió con otra bestia del coleccionismo, Tomàs Mallol, fallecido en el 2013. Recolectores de memoria, fieras de la realidad figurada. Benejam es de carácter generoso: el placer de reunir piezas interesantes y también de mediocres, malas o execrables le honra. Nada empieza ni se acaba en poseer. Archiva, almacena y, conocedor de la riqueza del tesoro, la ofrece a quien se lo pide (consciente de ser el último de una estirpe), ya sea sólo para ver su obra expuesta o admirarse. Cuando alguien le pide obras específicas para completar alguna exposición, enseguida se ofrece.
     Sorprende, también, descubrir que coleccionar no le haya convertido ni en cinéfilo ni tampoco en mitómano. Dos aspectos que, a menudo, van unidos en el mundo de los estudiosos del cine. Fetichismo. Otro tópico que también cae cuando le escuchas. Le gusta el cine, pero no sigue de forma decidida ningún director ni tampoco ningún actor en concreto. Es un espectador normal que no está acondicionado ni con filias ni tampoco con fobias tradicionales. Trabaja y completa todas las ediciones de las películas ganadoras de los Oscar desde que se crearon en 1927, en el hotel Hollywood Rosevelt de Los Ángeles, la Academy Awards.
     Este interés implica una decisión, una elección escrupulosa. Ganar el tiempo a favor de los Oscars le satisface porque casi ha logrado conquistar su fototeca entera.
     Ha coleccionado miles de programas (carteles de mano), pósters y fotocromos de todo tipo de películas, los fotogramas de películas que se mostraban en la entrada de los cines. Como acostumbraban al estar sujetas con chinchetas, algunas las robaba de los paneles de madera. Ha reunido carteles tanto de buenas películas como de horribles. Piezas mal consideradas por la crítica y por el público que, más adelante, han sido recuperadas y alabadas y, cómo no, el ingente material de serie B, inagotable. La mirada global y desprovista de prejuicios ha supuesto que su colección tenga una dimensión inesperada y que sea de carácter infinito. Explica que su colección se terminará en breve, cuando ya no se utilice el papel. Es un conservador sin fronteras elitistas. Así, gracias a su sistema de indexar, lo absorbe todo y, en un momento dado, encuentra en su archivo en pocos minutos carteles de películas de cualquier año, género y condición.
     La mirada de este coleccionista, por suerte, no contiene ningún freno estilístico ni preferencia cinematográfica. Aquí es donde radica la belleza de su trabajo acumulativo. Al estar alejado de manías otorga un carácter universal a la obra. Haber emprendido una colección homérica y, en un principio, imposible. Gracias a mantenerse distanciado, ha construido un templo cultural que aporta una dimensión lógica a quien quiera saber quién éramos a principios del siglo pasado y quiénes somos ahora. Lo que ha construido la vida (paradoja excepcional), cartel a cartel, ha servido para crear una edificación impresionante. Única. La tarea de Benejam ha servido para crear memoria. La ganancia obtenida a través de los años sirve para completar los agujeros oscuros de la memoria de los demás. Un puzzle, del que, a mucha gente, sobre todo a quienes gestionan exposiciones temáticas, les faltan piezas y carteles. Benejam lo tiene todo, sean ideas sencillas o difíciles de encontrar.
     Hay un cartel que le gustaría haber tenido, el de la película Desayuno con diamantes, de 1961, basada en un libro de Truman Capote, protagonizada por Audrey Hepburn y dirigida por Blake Edwards, y que ganó el Oscar en la mejor canción y banda sonora. Parece ser que se hicieron pocos carteles (no era una obra maestra del cartelismo). Actualmente, es un objeto de culto muy preciado en las subastas: cuesta más de cinco mil euros. Benejam siempre ha trabajado con una antigua idea: antes que comprar, prefiere la disciplina del intercambio (consigna cada uno de sus pasos), aquello del «yo te paso trescientos programas y tú me mandas ciento cincuenta». No se trata de una cuestión de peso o de cantidad, sino de negociar con el interlocutor que busca lo que él tiene, y de pedir lo que le interesa. Explica: «Con quien intercambias conocimientos y programas haces amistad, con quien sólo negocias y regateas, no». Por lo que dice, este territorio no es un mundo de grandes especulaciones económicas, sino que la oferta y la demanda es pura cuestión de entendimiento y de intercambio de bienes. Le gusta relacionarse con coleccionistas con los que se intercambia la materia prima y hacer amigos. Viene a decir que, al fin y al cabo, los amigos los haces cuando no existe el ansia de obtener dinero.
     El primer piso de su casa está repleto de objetos hacinados, es una zona esperada. El orden del desorden. Aquí sorprende encontrarte con dos proyectores cinematográficos del siglo pasado. Ingenios inmensos y de mecánica analógica, descontextualizados. Parecen aliens de primera generación y de la época de la primera Revolución Industrial. El segundo piso es el de verdad. Una vez dentro dice, con voz baja, que su legado lo legará a la familia.
     Benejam admite que le gusta la periferia del cine: máquinas, objetos y detalles que han servido para atraer a los niños. No los colecciona. El merchandising es reciente. Quizás empezó con las películas seriadas de La guerra de las galaxias; tiene figuras y, a veces, las ha expuesto. Conoce el peligro que entraña la adicción de entrar en colecciones paralelas.
     De sabiduría ampurdanesa, mantiene la cordura de la contención. Tiempo atrás con su amigo Martí Amiel, fallecido en el 2017, iban a las ferias de segunda mano. Lo dice con la pena de haberlo perdido. Removían las paradas o pasaban por delante antes de comer y charlar. No fue en esos lugares donde Benejam encontró el material fundamental de su obra, sino cuando se percató de que los cines tradicionales de toda la vida cerraban. La mayoría mantenían un montón de material acumulado en el desván, la despensa de la memoria, la trastienda de la vida audiovisual, polvorienta y perdida. Papel muerto que él se cuidó de resucitar. En agujeros repletos de papeles, ratas y polvo, dejados estar a la buena de Dios, se encontró el filón del recuerdo. El oro con el que cimentó el andamio de lo que se convirtió en el edificio del futuro. Reciclaje, se llamó más adelante.
     Tenía el don de la oportunidad cuando detectaba el desván lleno de objetos apreciables en la oscuridad de diferentes cines de las comarcas gerundenses. La industria del cine cambiaba a pasos agigantados y los cines bajaban la persiana. Las multisalas no guardaron casi nada. A medida que iba aumentando el número de pantallas, iban quedando menos cines. Se dedicó con entusiamo a buscar carteles y programas que hacía muchos años que habían estado presentes en la vida de los pueblos. La oportunidad y la astucia representaron llegar a tiempo, antes de que el papeleo se tirara a la basura. Él, en coche o en furgoneta, se lo llevaba todo. Le regalaban kilos de material porque hacía limpieza. Lo veían como un basurero poco cuerdo o una especie de exterminador que, decidido, recogía, reunía y acumulaba. No daba explicaciones. Enseguida tocó invertir jornadas de veinticuatro horas para separar, indexar y hacer espacio en su casa. Sol. En estas circunstancias, las del instinto y el descubrimiento (Indiana Jones ampurdanés), hurgó hasta donde pudo, y se lo llevó todo, sin discriminar nada. Un trabajo, primero, de arqueólogo del papel y, después, de historiador. El historiador emocionado, que nunca ha sido federado. El científico, el crítico o el escritor son sobrevenidos que surgen más adelante y que agradecen el trabajo casual u obsesiva de los demás. Y que gracias a gente como Benejam, que pertenece a la universidad de la vida trabajada, pueden investigar y llegar a excelentes conclusiones. El trabajo de los impensados ​​cuenta la historia del cine. La vida vivida. Gracias a elementos físicos (papeles) se puede interpretar la vida. Hechos contrastables. Reales. Máquinas e imágenes. La tesis de Benejam desprende el gozo del trabajo realizado. Guarda las vueltas de la historia y aporta a los entendidos materia para el análisis. En ocasiones el destino es persistente. Se configura tierra fertilizada de creación. Un orgullo para los vecinos y la sociedad. Esto ocurre cuando hay un loco que se dedica a lo imposible. La tramontana, en el caso de Benejam, no implica delirio, sino fecundidad. El viento remueve la creación y hace imaginar cuestiones inalcanzables.
     No hablamos de una memoria local, sino de la que sobrevuela la comarca y los cines de la infancia y de la juventud. La capital deslumbraba. Barcelona quedaba lejos, pero íbamos a ver películas. Éramos jóvenes y poco avisados. La vida ha ido rápido y hemos visto cómo la analógica pasaba a ser digital. Cada generación sube con una nueva memoria cinematográfica y a partir de la tecnología que le corresponde vivir. Benejam muestra en carteles y programas madrigueras de nostalgia, bien o mal tirada. Un mundo terminado. La nostalgia a veces se rasga entre el olor o el hedor que hacía un cine, quien te acompañaba o quien no había querido estar, más que en la película vista. Cuando reconozco un antiguo programa de Benejam, recuerdo. Durante un segundo pienso en la tierra perdida de la adolescencia y de la juventud. Me abre la caja del secreto de Capmany. Me vuelvo, pienso y me doy cuenta de que el tiempo que he vivido está lleno de migajas. El coleccionista dispone de más papeles y documentación que yo y remite tanto a su vida como a la mía. Me gusta y, al mismo tiempo, me inquieta.
     Todos los seis sentidos aceptados por la ciencia convencional (antes de las cuestiones digitales y cuánticas) remiten a una cuestión vintage, la tramontana es un tópico de pasado. La colección de Benejam lleva al pequeño paisaje de la imaginación visual, lo que imaginabas detrás de un cartel pintado, gracias a unos trazos habitualmente expresionistas y pasados ​​de moda. Certificar que alguien se ha preocupado de la memoria de todos es interesante.
     Antes de despedirnos, la tramontana sopla fuerte y de forma elegante. El coleccionista ha hecho algo impensado: ha reunido con orden y sentido una definitiva máquina del tiempo. Es sencillo echar atrás y, por culpa del papel, recuperar el pasado. Una joya. Nos despedimos y, cuando prácticamente no lo veo, le admiro. Servidumbre que dura un segundo. A partir de ahí tendré que aguantarme con la débil seguridad de que, en una casa ampurdanesa, he visto parte de mi memoria. En el Empordà, un segundo está lleno de horas. Entiendo la forma en que todo el mundo observa su obra: divertida, antisocial o conservadora. El cine contiene toda la desesperada y atractiva mirada humana.
     La vida es sólo cine. Aventuro de que el coleccionista es una especie de demiurgo que, con su archivo, relleno de imágenes y de espacios de puertas pequeñas y laberínticas, ha adivinado un secreto, un raro no explicado. Lo imagino orgulloso con lo que ha sido, y también veo lo que yo nunca he logrado ser.
     La memoria, a menudo, cae y se desprende. La memoria del maestro Benejam incontrovertible; es de ley. Cada pieza de antes y ahora remite a lo que vives y a lo que has visto. De una forma física e inquietante contiene las virtudes y también las joyas las renuncias de cualquier vida. Cine, sólo es cine. Tiempo de papel.
L’arxiu de l’impressor figuerenc permet recórrer la història del cinema a través de cartells i programes de mà.
 
     Com a bon col·leccionista, Benejam és un home endreçat. Ha creat un arxiu amb paràmetres propis que li serveixen per saber on guarda, enmig d’un volum ingent d’informació, cada exemplar recollit. Res no se li escapa. Primer, el seu control t’espanta, i després, t’agrada. Explica que les ganes de col·leccionar van ser progressives i que van arrencar quan, als catorze anys, el van atrapar. Llavors havia deixat l’escola i havia començat a treballar en una impremta, en la qual es reimprimin els dorsos dels programes dels cinemes de Figueres, sobretot del cinema Las Vegas (Figueres va tenir tretze sales). Trenca alguns dels tòpics que acompanyen el gremi inexistent dels col·leccionistes. I, sincer i directe, no amaga res. No l’interessa posar-se cap màscara que dissimuli cap secret: no li cal.
     Sorprèn quan explica que el que li va crear l’afició no van ser només els dibuixos i les pintures dels minicartells dels programes (acolorits com cromos, els guardava dins d’una capsa metàl·lica, potser de galetes), sinó el paper en el qual estaven impresos. Era una època en què els cartells de cinema es dissenyaven a mà. Aquest univers li agradava i l’atreia, però el que el seduïa més era l’art de la impressió, l’ofici que aprenia al taller. El misteri que sostenia el paper.
     Encara guarda llibretes amb els primers apunts fets amb bolígraf de tinta blava. És documentació que explica la trajectòria d’una afició que l’ha convertit en un referent en el món del cinema occidental, sobretot de l’espanyol. Li truquen d’arreu, d’Hongria, de Mèxic, de filmoteques allunyades i de l’altra banda de l’Atlàntic, per demanar-li cartells. S’ha convertit en un sever i contumaç investigador.
     Metòdic i acurat, no es veu reflectit en qui acumula coses sense mantenir cap ordre estricte (els anomenats Diògenes), sinó que s’identifica més amb el seu amic Martí Amiel, ja mort, que va col·leccionar amb gust exquisit una quantitat important de rellotges. També va coincidir amb una altra bèstia de la col·lecció, Tomàs Mallol, mort el 2013. Recol·lectors de memòria, feres de la realitat figurada. Benejam és de caràcter generós: el plaer d’aplegar peces interessants i també de mediocres, dolentes o execrables l’honora. Res no comença ni s’acaba en el fet de posseir. Arxiva, emmagatzema i, coneixedor de la riquesa del tresor, l’ofereix a qui l’hi demana (conscient de ser l’últim d’una estirp), ja sigui només per veure la seva obra exposada o per admirar-se. Quan algú li demana obres específiques per completar alguna exposició concreta, de seguida s’hi ofereix.
     Sorprèn, també, descobrir que col·leccionar no l’hagi convertit ni en cinèfil ni tampoc en mitòman. Dos aspectes que, sovint, van lligats al món dels estudiosos del cinema. Fetitxisme. Un altre tòpic que també cau quan l’escoltes. Li agrada el cinema, però no segueix d’una manera decidida cap director ni tampoc cap actor en concret. És un espectador normal que no està condicionat ni amb fílies ni tampoc amb fòbies tradicionals. Treballa i completa totes les edicions de les pel·lícules guanyadores dels Oscars des que es van implantar el 1927, a l’hotel Hollywood Rosevelt de Los Angeles, l’Academy Awards.
     Aquest interès implica una decisió, una tria escrupolosa. Guanyar el temps a favor dels Oscars el satisfà perquè gairebé ha aconseguit conquerir-ne la fototeca sencera.
     Ha col·leccionat milers de programes (cartells de mà), pòsters i fotocroms de pel·lícules de tota mena, els fotogrames de pel·lícules que es mostraven a l’entrada dels cinemes. Com que acostumaven a estar clavades amb xinxetes, algunes les robava dels plafons de fusta. Ha aplegat cartells tant de bones pel·lícules com d’horribles. Peces mal considerades per la crítica i pel públic que, més endavant, han estat recuperades i alabades i, és clar, l’ingent material de sèrie B, inesgotable. La mirada global i desproveïda de prejudicis ha comportat que la seva col·lecció tingui una dimensió inesperada i que sigui de caràcter infinit. Explica que la seva col·lecció s’acabarà d’aquí a poc, quan ja no es faci servir el paper. És un conservador sense fronteres elitistes. Així, gràcies al seu sistema d’indexar, ho absorbeix tot i, en un moment donat, troba al seu arxiu, en pocs minuts, cartells de pel·lícules de qualsevol any, gènere i condició.
     La mirada d’aquest col·leccionista, per sort, no conté cap fre estilístic ni tampoc cap preferència cinematogràfica. Aquí és on rau la bellesa del seu treball acumulatiu. El fet d’estar allunyat de manies atorga un caràcter universal a l’obra. Haver endegat una col·lecció homèrica i, en un principi, impossible. Gràcies a haver-se mantingut distanciat, ha construït un temple cultural que aporta una dimensió lògica a qui vulgui saber qui érem a principis del segle passat i qui som ara. Allò que ha bastit la vida (paradoxa excepcional), cartell a cartell, ha servit per muntar una edificació impressionant. Única. La tasca de Benejam ha servit per crear memòria. El guany obtingut a través dels anys serveix per completar els forats foscos de la memòria dels altres. Un puzle, del qual, a molta gent, sobretot als que munten exposicions temàtiques, els falten peces i cartells. Benejam ho té tot, ja siguin idees senzilles o difícils de trobar.
     Hi ha un cartell que li agradaria haver tingut, el de la pel·lícula Esmorzar amb diamants, del 1961, basada en un llibre de Truman Capote, protagonitzada per Audrey Hepburn i dirigida per Blake Edwards, i que va guanyar l’Oscar a la millor cançó i banda sonora. Sembla que se’n van fer pocs cartells (no era una obra mestra del cartellisme). Actualment, és un objecte de culte molt preuat a les subhastes: costa més de cinc mil euros. Benejam sempre ha treballat amb una antiga idea: més que comprar, prefereix la disciplina de l’intercanvi (consigna cadascun dels passos que fa), allò del «jo et passo tres-cents programes i tu me n’envies cent cinquanta». No es tracta d’una qüestió de pes o de quantitat, sinó de negociar amb l’interlocutor que busca allò que ell té, i de demanar el que l’interessa. Explica: «Amb qui intercanvies coneixements i programes fas amistat, amb qui només negocies i regateges, no». Pel que diu, aquest territori no és un món de grans especulacions econòmiques, sinó que l’oferta i la demanda és pura qüestió d’entesa i d’intercanvi de béns. Li agrada relacionar-se amb col·leccionistes amb qui s’intercanvia la matèria primera i fer amics. Ve a dir que, al capdavall, els amics els fas quan no hi ha l’ànsia d’obtenir diners.
     El primer pis de casa seva és ple d’objectes amuntegats, és una zona esperada. L’ordre del desordre. Aquí sobta trobar-te amb dos projectors cinematogràfics del segle passat. Ginys immensos i de mecànica analògica, descontextualitzats. Semblen àliens de primera generació i de l’època de la primera Revolució Industrial. El segon pis és el de veritat. Un cop a dins diu, amb veu baixa, que el seu llegat el deixarà a la família.
     Benejam admet que li agrada la perifèria del cinema: màquines, objectes i detalls que han servit per atraure la mainada. No els col·lecciona. El marxandatge és recent. Potser va començar amb les pel·lícules seriades de La guerra de les galàxies; en té figures i, de vegades, les ha exposat. Coneix el perill que comporta l’addicció d’entrar en col·leccions paral·leles.
     De saviesa empordanesa, manté el seny de la contenció. Temps enrere i amb el seu amic Martí Amiel, mort el 2017, anaven a les fires de segona mà. Ho diu amb la pena d’haver-lo perdut. Remenaven les parades o hi passaven per davant abans de dinar i xerrar. No va ser en aquests llocs on Benejam va trobar el material fonamental de la seva obra, sinó quan es va adonar que els cinemes tradicionals de tota la vida tancaven. La majoria mantenien un munt de material acumulat a les golfes, el rebost de la memòria, la rebotiga de la vida audiovisual, polsosa i perduda. Paper mort que ell es va cuidar de ressuscitar. En forats replets de papers, rates i pols, deixats estar a la bona de Déu, hi va trobat el filó del record. L’or amb el qual va fonamentar la bastida del que va esdevenir l’edifici del futur. Reciclatge, se’n va dir més endavant.
     Tenia el do de l’oportunitat quan detectava les golfes plenes d’objectes apreciables en la foscor de diferents cines de les comarques gironines. La indústria del cine canviava a passos agegantats i els cinemes abaixaven la persiana. Les multisales no van guardar gairebé res. A mesura que hi anava havent més pantalles, anaven quedant menys cinemes. Enfebrat, va córrer i va anar al darrere d’un munt de cartells i programes que feia molts anys que havien estat presents en la vida dels pobles. L’oportunitat i la murrieria van representar arribar a temps, abans que la paperassa es llencés a les escombraries. Ell, amb cotxe o amb furgoneta, s’ho enduia tot. Li regalaven quilos de material perquè feia neteja. El veien com un escombriaire poc entenimentat o una espècie d’exterminador que, decidit, recollia, aplegava i amuntegava. No donava explicacions. De seguida va tocar invertir jornades de vint-i-quatre hores per triar, indexar i fer espai a casa seva. Sol. En aquestes circumstàncies, les de l’instint i la descoberta (Indiana Jones empordanès), va furgar fins a no dir, i s’ho va endur tot, sense discriminar res. Una feinada, primer, d’arqueòleg del paper i, després, d’historiador. L’historiador a peu pla, que mai no ha estat federat. El científic, el crític o l’escriptor són sobrevinguts que sorgeixen més endavant i que agraeixen la feina casual o obsessiva dels altres. I que gràcies a gent com Benejam, que pertany a la universitat de la vida treballada, poden investigar i arribar a excel·lents conclusions. La feina dels impensats explica la història del cinema. La vida viscuda. Gràcies a elements físics (papers) es pot interpretar la vida. Fets contrastables. Reals. Màquines i imatges. La tesi de Benejam desprèn el goig de la feina feta. Guarda les voltes de la història i aporta als entesos matèria per a l’anàlisi. De vegades el destí és persistent. Es configura terra adobada de creació. Un orgull per als veïns i la societat. Això s’esdevé quan hi ha un boig que es dedica a l’impossible. La tramuntana, en el cas de Benejam, no implica deliri, sinó fecunditat. El vent remou la creació i fa imaginar qüestions inassolibles.
     No parlem d’una memòria local, sinó de la que sobresalta la comarca i els cinemes de la infantesa i de la joventut. La capital enlluernava. Barcelona quedava lluny, però hi anàvem a veure pel·lícules. Érem joves i poc avisats. La vida ha anat ràpid i hem vist com l’analògica passava a ser digital. Cada generació puja amb una nova memòria cinematogràfica i a partir de la tecnologia que li correspon viure. Benejam mostra en cartells i programes caus de nostàlgia, ben o mal tirada. Un món acabat. La nostàlgia de vegades s’esquitlla entre l’olor o la pudor que feia un cine, qui t’acompanyava o qui no havia volgut ser-hi, més que no pas en la pel·lícula vista. Quan reconec un antic programa de Benejam, recordo. Durant un segon m’anyoco pensant en la terra perduda de l’adolescència i de la joventut. M’obre la capsa del secret de Capmany. Reculo, barrino i m’adono que el temps que he viscut és ple d’engrunes. El col·leccionista disposa de més papers i documentació que no pas jo i remet tant a la seva vida com a la meva. M’agrada i, al mateix temps, m’inquieta.
     Tots els sis sentits acceptats per la ciència convencional (d’abans de les qüestions digitals i quàntiques) remeten a una qüestió vintage, la tramuntana és un tòpic de passat. La col·lecció de Benejam porta al petit paisatge de la imaginació visual, allò que t’imaginaves rere d’un cartell pintat, gràcies a uns traços habitualment expressionistes i passats de moda. Certificar que algú s’ha preocupat de la memòria de tothom és interessant.
     Abans d’acomiadar-nos, la tramuntana bufa fort i d’una manera elegant. El col·leccionista ha fet una cosa impensada: ha aplegat amb ordre i sentit una definitiva màquina del temps. És senzill tirar enrere i, per culpa del paper, recuperar el passat. Una joia. Ens acomiadem i, quan pràcticament no el veig, l’admiro. Servitud que dura un segon. A partir d’aquí m’hauré d’aguantar amb la feble seguretat que, en una casa empordanesa, he vist part de la meva memòria. A l’Empordà, un segon és ple d’hores. Entenc la manera com tothom observa la seva obra:  divertida, antisocial o conservadora. El cinema conté tota la desesperada i atractiva mirada humana.
     La vida només és cine. Aventuro que el col·leccionista és una espècie de demiürg que, amb el seu arxiu, replè d’imatges i d’espais de portes petites i laberíntiques, hi ha endevinat un secret, un rau-rau no explicat. L’imagino orgullós amb allò que ha estat, i també veig el que jo mai no he aconseguit ser.
     La memòria, sovint, cau i s’esllavis-sa. La memòria del mestre Benejam incontrovertible; és de llei. Cada peça d’abans i d’ara remet al que vius i al que has vist. D’una manera física i inquietant conté les virtuts i també les joies les renúncies de qualsevol vida. Cine, només és cine. Temps de paper.
 
 

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